Una vez me recomendaron levantarme a las cinco, ir a la misa de 6 am en el Santo Sepulcro, era invierno, calles vacías, oscuras, silencio.
Hace casi dos mil años, un poco distinta la ciudad, romanos conquistadores, menos distancias. Entonces amaneció un brillante día en la ciudad Santa, atrás quedaba la Pascua, los incidentes por la muerte del rabino de Nazareth, un hombre con buena fama. Sus seguidores es como si hubieran desaparecido, amanecer en Jesusalén es algo muy especial, un nuevo día, corría el mes de abril. primavera.
María fue de las primeras en acercarse al sepulcro prestado, con las prisas del viernes, ante la puesta de sol no se había tratado al cuerpo inerte del Maestro con las debidas atenciones. Los hombres no sabemos como habían dormido, la vida debía continuar, de hecho continuaba. En el fondo ese rabino especial, de gran carisma, muy querido por sus próximos había sido injustamente ajusticiado pero ahí acababa todo, como otros casos aparentemente similares. Las muchas preguntas de lo que podía haber sido o haber hecho, quedaban sin contestar. Una honda tristeza.
María se encontró con la gran piedra del sepulcro retirada, el sepulcro vacío. habían robado el cuerpo de Yesua. Salió corriendo había que avisar a los hombres, los de las decisiones. Les contó que se había encontrado con el Maestro vivo, como siempre, que no pudo tocarle, que le habló, no tenía ninguna duda, no lo soñó.
Los muy caracterizados Pedro y Juan salieron corriendo al sepulcro cerca del Gólgota. Llegó Juan primero, vió aquello. Desde entonces su vida no fue igual. Si había resucitado es que era quién decía ser. Ya nada podía ser igual.








